domingo, 15 de marzo de 2015

Boyhood



Seguro que alguien ha tenido en alguna ocasión la sensación que voy a describir. Llega a tus manos un regalo por cualquier manido motivo, o sin motivo, da igual. Lo ves ahí, perfectamente envuelto en un papel de regalo llamativo y original, sin una arruga y coronado con un lazo que tú nunca serías capaz de hacer. Te da pena hasta abrirlo. Pero llega el momento, y te esmeras en deshacer el nudo del lazo, disfrutando del tacto de la seda al deslizarse por tus dedos; intentas no romper el papel aunque sabes que al final acabará en el cubo de la basura; y cuando al fin ves el contenido, te encuentras con un juego de pañuelos de tela con tus iniciales bordadas que nunca utilizarás e irán cogiendo un color amarillento en el cajón en el que los guardes; o una maquinilla de afeitar con sus recambios y un gel para afeitar que sí utilizarás, pero que algún día no recordarás cómo llegó a tu baño, y de hacerlo, será con una sonrisa socarrona.


Pues más o menos esto es lo que ocurre con “Boyhood”: un continente atrayente y novedoso por lo arriesgado de la idea, que una vez te pones a verlo se va desmontando y deshaciendo ante tu mirada. Hay que tener mucho valor para llevar a la realidad un proyecto tan ambicioso como el de Richard Linklater con “Boyhood”: hacer una película sobre la vida de un niño a lo largo de 12 años, pero en tan solo 39 días de rodaje. Lo que ocurre es que en el envoltorio novedoso supone que tengas que encontrarte algo dentro. Y lo que encontré fue el crecimiento y desarrollo de un chaval a través de las vicisitudes, trampas y alegrías que le van surgiendo en la vida. A algunos les parecerá más que suficiente encontrarse una vida en el cine, pero a otros nos ha dejado más bien fríos. O indiferentes para expresarlo mejor. Sí, es curioso ver cómo crecen los chavales, sobre todo el protagonista, y cómo va dirigiendo su vida. Pero le falta algo, esa chispa que hace de una historia normal algo extraordinario. Y no vale con decir que el tiempo es lo que hace mágica a la película, porque el tiempo está ahí para todos, y no por hacer lo mismo va a surgir de repente una genialidad. Seguro que más de una persona ha tenido la idea de hacer una foto a su hijo cada día de su vida durante años para hacer un montaje años después. Es algo increíble, pero reconozcamos que a no ser que en esa familia haya fuera algo de la normalidad, la historia como que ni fu ni fa.


Patricia Arquette en el papel de madre ha conseguido el Oscar como mejor actriz de reparto, y su interpretación seguramente la merezca, como esa madre luchadora que intenta sacar adelante a sus hijos y nunca tuvo suerte en el amor por un motivo u otro. Me gustó más en el papel de padre Ethan Hawke, en el que la evolución también se aprecia en el tiempo, en el que se ve marcada una tendencia muy habitual en el crecimiento de las personas: según las personas van creciendo, con el paso del tiempo se van convirtiendo en personas más conservadoras con una visión más relativista de la vida.


En definitiva, una manera muy original de hace cine, aunque al final las dos horas y media largas de peli acaban pasando factura…

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