viernes, 18 de septiembre de 2015

Everest


Tiene que ser muy jodido que te pique el gusanillo del alpinismo. Pero no el alpinismo de irte un domingo a Navacerrada y subirte a una de sus cimas dando un paseo. Me refiero a ese tipo de alpinismo que se le mete en el cuerpo a la gente y se va a subir todos los ochomiles que se encuentran por delante, dejándose partes del cuerpo congeladas por el camino, e incluso la vida en lugares tan gélidos que sólo de pensarlo me entra frío por los pies. Pero imagino que lo peor, por mucho agotamiento, cansancio o falta de oxígeno que sufra aquel que practique este mal llamado deporte, lo debe sufrir su familia. Una despedida antes de una expedición no puede ser con un “hasta luego”: tienes que dejar los deberes hechos por si no vuelves, y seguramente no una, sino muchas veces. Y en cada despedida, los que se quedan, mueren un poquito.


Todo esto viene a cuento después de ver “Everest”, una peli que debe ser más o menos como subir una montaña. Que sí, dejad que me explique: por lo visto, toda ascensión a una montaña de este tipo  requiere de una aclimatación previa, que consiste en ir subiendo y bajando paulatinamente hasta que el cuerpo se va acostumbrando a la falta de oxígeno, hasta afrontar la ascensión final a la cumbre. Y así es la película, una ida y venida de personajes (demasiados para mi gusto), de los que durante hora y cuarto vamos conociendo los motivos por los que quieren escalar el Everest. Que más o menos se debe sentir lo mismo que mientras esperas para realizar la ascensión final, que parece que no llega nunca.
Pero cuando llega el momento de la verdad, el momento de la ascensión, la cosa cambia a mucho mejor, y en cierta medida (en ínfima medida, en realidad) atinas a entender el espíritu de superación que tienen todos estos tíos que arriesgan su vida por llegar a lo más alto. Y es entonces cuando todo el poder de la montaña entra en acción y te ves pequeño ante semejante mole de piedra, hielo, viento y nieve.


“Everest” casi te deja sin aire de la tensión que consigue crear con su tormenta, pero es una sensación efervescente, a la que cuando se le pasa el efecto te deja plof en la butaca y con la sensación de haber pasado dos horas simplemente respirando. Ni siquiera un reparto estelar consigue emocionar: Emily Watson, Jake Gyllenhaal, Jason Clarke, Josh Brolin, Keira Knightley, Robin Wright o Sam Worthington parecen desdibujados ante el derroche de efectos especiales.
En definitiva, ni fu ni fa. Allá vosotros.


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