domingo, 8 de noviembre de 2015

Regresión (Regression)



El cine siempre fue, es y será una deliciosa trampa a la que acudimos gustosamente para ser engañados por un grupo de titiriteros que juegan con nuestra mente a su gusto. Los guionistas crean historias con trampantojos que nos hacen ver cosas que no sucedieron e imaginar situaciones que nunca ocurrieron, para, finalmente, derruir aquello que nuestra mente ha ido construyendo durante dos horas para impostar un final que cuadre con las pequeñas pistas que nos han ido dando.
Pero a veces la mente supera a los guionistas, porque consigue interpretar las miguitas de pan dejadas por quien escribe las tramas para que, al llegar al final, esa pieza que pretenden hacer encajar ya esté incrustada y sea imposible de sustituir. Esta situación ocurre principalmente en esas películas tan previsibles, que con sólo un pequeño detalle inicial sepas cuál será la resolución, y te deje en la butaca que ni fu ni fa.


En “Regresión”, Amenábar lo intenta: crea un clima incómodo, áspero, frío, en el que no te hace sentir cómodo, para que tu construcción mental de lo que pueda ir sucediendo tampoco lo sea. Y para ello pone de su parte una producción muy americana y una dirección espectacular, en el que maneja milimétricamente las emociones de los actores para que el espectador se mantenga sin pestañear a la espera de las pequeñas pistas que le permitan hacerse su particular construcción mental. Incluso consigue en determinados momentos rememorar efímeros recuerdos de “Tesis”. Pero son sólo centelladas, escarceos juguetones que se quedan en nada en cuanto cambia el plano.


Pero lo peor de “Regresión” es la sensación final: ni tu construcción se derrumba ni te ofrece otra para impostar, sintiendo que lo que acabas de ver es una mentira muy bien rodada, con abundantes medios, hasta que pasados unos minutos piensas que la campaña de marketing que la acompaña ha sido mejor escrita que la propia película.



En definitiva, allá vosotros.

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