domingo, 4 de diciembre de 2016

La llegada (Arrival)


Imaginad que estáis haciendo un viaje por la Toscana. Florencia es visita obligada para dar un paseo por sus calles medievales. Si ha llovido, los adoquines de la calzada reflejan las luces de las farolas y de los comercios, que han empezado la cuenta atrás para echar el cierre aunque sea prácticamente la primera hora de la tarde .Es casi invierno, y los turistas siempre aparecen por la mañana en esta época del año. Los muros de piedra de los edificios te transportan a una época medieval por un momento, haciéndote imaginar cómo se resguardarían del frío y de la humedad las personas que rondaban por allí unos cuantos siglos antes.


De repente la calle acaba. Se abre una gran plaza ante tus ojos, y lo que ves al fondo te deja clavado, aunque al mismo tiempo de sientes magnetizado y atraído hacia el edificio que se encuentra en el lado opuesto. La Basílica de la Santa Cruz, pese a su simpleza de formas, tiene la capacidad de embriagar la mirada de aquel que la observa por primera vez. Aunque es prácticamente de noche, la tenue iluminación permite apreciar sus líneas geométricas: rectángulos, triángulos equiláteros y el gran círculo que forma el rosetón tienen la armonía perfecta para, sencillamente, hacerte sentir en paz. No te has dado cuenta, pero ya estás sentado en uno de los bancos de piedra frente a la basílica, en la zona peatonal de la plaza, mientras no puedes dejar de mirar la limpieza y pureza de las líneas que forman la fachada.


De repente, recuerdas que alguna vez leíste algo sobre la Basílica de la Santa Cruz de Florencia, algo relacionado con un tal Stendhal, que, ante el avistamiento de la Basílica, manifestó síntomas físicos como palpitaciones, temblores, alteración del ritmo cardiaco y estado de confusión. Poco a poco el artículo que leíste se va haciendo más vivo, y recuerdas que el Síndrome de Stendhal lo padecen algunas personas cuando son expuestas a obras de arte particularmente bellas.
No es que viendo “La llegada” hay sufrido el Síndrome de Stendhal, ni mucho menos. Sí me sentí en algunos momentos abrumado por la trama, que te atrapa poco a poco hasta ir contándote la respiración. Tranquilos, solo ocurre durante un rato. Al igual que en la película, según vas entendiendo cosas la tensión va desapareciendo y te vas adaptando a una historia inverosímil que habla de dos de las emociones básicas que siempre han acompañado al ser humano: el miedo y el amor, y la manera de enfrentarse a uno y a otro a través de la herramienta más poderosa que ha creado el hombre a lo largo de nuestra existencia, y que en definitiva es lo que nos ha hecho evolucionar.


¿Qué es la cultura sino una de las manifestaciones del lenguaje de un pueblo? ¿Qué es el lenguaje, sino la base de la comunicación, la forma de expresar nuestras necesidades, nuestros deseos o nuestras inquietudes? La respuesta ante el miedo es eliminar la comunicación, el aislamiento interno, la confrontación. La respuesta ante el amor es el contacto, el conocimiento, la osadía. Para que exista cualquier demostración de amor es necesaria la existencia de una forma de lenguaje que emisor y receptor logren entender y descifrar, para así poder dar un paso más en su relación, en su evolución.
Esto es “La llegada”, una búsqueda del lenguaje entre dos mundos, una búsqueda de la evolución más allá de la humanidad, más allá del amor…
Una de las pelis del año que no debéis dejar pasar.




domingo, 20 de noviembre de 2016

Un monstruo viene a verme (A Monster Calls)


A veces el cine da miedo. No, no lo digo por haber visto alguna de las pelis de James Wan. No es un miedo primario como el que sientes cuando te asustas. No se trata de un acto reflejo, todo lo contrario, es un miedo que procede de la reflexión, mucho más terrorífico porque viene de un lugar que supuestamente controlas, un lugar que te encargas de proteger con cien cerrojos, del que nada puede escapar y nadie que no permitas puede acceder.


Pero, ¿y si un día algo logra entrar a tu refugio saltándose todos tus controles? Un simple chasquido de dedos y las puertas del rincón de tu alma en el que guardas las emociones están abiertas de par en par. Ya puedes intentar tapar al hueco, que como el chasquido provenga de una imagen, un acorde o cualquier expresión artística que te emocione, verdes las han segado.


J.A.Bayona tiene la clave para tocarte la fibra: le da igual estar en una casa de aspecto encantado, en medio de un tsunami o esperando a un monstruo. En cualquier caso sabe (y le gusta) jugar con las emociones de los espectadores yendo del todo, de lo más grande, a lo más pequeño, a lo más íntimo, en busca de la lagrimilla con la que parece verse recompensado.


«Un monstruo viene a verme» es una muy buena peli y una peli muy dura, de esas que hacen reflexionar, cabrearte y llorar. Pero al mismo tiempo, te alivia, te quita un peso de encima, te descontractura los nudos del corazón para que veas que lo importante siempre está ahí, aunque no seas capaz de verlo. En definitiva, «Un monstruo viene a verme» te quita el velo de los ojos que se crea día a día con la rutina de la vida y consigue invisibilizar lo realmente importante en la vida: las personas que están a tu lado y que te hacen estar en un mundo un poquito mejor.



martes, 18 de octubre de 2016

Concurso 4º aniversario!!!


Sí amigos, con motivo del cuarto aniversario de este blog, sorteamos un DVD de una peli hecha sencillamente para disfrutar: Love Actually.
Sí queréis participar, solo tenéis que datos una vueltecita por el Facebook de Esa no la he visto
Corred, insensatos!!!

martes, 4 de octubre de 2016

Sing Street


Hay cosas en la vida que te pellizcan el alma. Pero no un pellizco de esos que te hacen retorcerte de dolor, de esos que te estrangulan con un nudo en la garganta y te llenan las cuencas de los ojos de lágrimas. Son pellizcos acompañados de un cierto gustirrinín. De hecho, mejor que llamarlo pellizco lo voy a llamar pizzicato, porque lo que consigue es hacerte vibrar la fibra sensible y acompasar el movimiento del alma con el universo. Y por un momento, con esa vibración dentro de ti, consigues ser plenamente feliz tan solo por el precio de una entrada de cine.


Y «Sing Street» es todo un pizzicato que te sacude de una ola de buenrollismo que debería ser necesaria, al menos, una vez a la semana. Te transporta, cual hilos de plata invisibles, hacia un lugar de tu memoria que siempre está presente y que solo se abre cuando suenan aquellas notas de una canción de tu infancia que inmediatamente te hacen sonreír. Uno acordes y ya te tiene enganchado, a la espera de ese sonido especial que hará la canción única para ti. Da igual que sea una guitarra, el ritmo de un bajo, el sonido estridente de un casiotone o el retumbar de unos platillos al ser golpeados por unas baquetas.


«Sing Street» es una historia de nuestra vida, de las influencias que nos hicieron ser algo distinto a lo que somos ahora, pero que nunca nos ha abandonado. Y más en la preadolescencia, que nos hizo ser esponjas para absorber y adaptar a nosotros mismos todo aquello que nos rodeaba. Todo cabía en nuestras mentes, y todo lo expresábamos con nuestra forma de movernos y mostrarnos a los demás, por mucho que nuestros padres no nos entendieran. Como ahora, en muchas ocasiones, no conseguimos entender a nuestros hijos. Quizás sus pizzicatos les lleven a otra modulación, a otro tipo de vibración interior totalmente acompasada a la nuestra.


Pero además, «Sing Street» es un homenaje a esa figura que siempre estuvo allí: el hermano mayor al que robar canciones, al que siempre estará allí para donarte en vida un pedacito de la suya en forma de vinilo con el que salir del mayor bache de tu corta vida, y hacerte saber que los Spandau Ballet y su Gold siempre estarán allí…



En definitiva, «Sing Street» es de esas pelis que cuando la veas en cualquier canal de televisión medio empezada te verás obligado a ver de nuevo. No os la perdáis.


PD: Os dejo alguno de los temas originales de la peli, que no debéis ver si tenéis intención de ver la peli:

THE RIDDLE OF THE MODEL:


UP:


BEAUTIFUL SEA:


domingo, 2 de octubre de 2016

Dos buenos tipos (The Nice Guys)


¿Nunca os ha pasado, a lo largo de vuestra vida laboral o en aquellos tiempos en los que estudiabais, el tener que colaborar con algún compañero en la realización de un informe o en la elaboración de un proyecto, y no ser tú el que manejase el ratón del ordenador? Es una situación incómoda, tanto para el que escribe como para el que le toca mirar. Para uno (a mí, personalmente es la situación que más me incomoda) porque siente el aliento del otro en el cogote y tiene que aguantar sus indicaciones: el esto hazlo así, el porqué no lo haces asá… Para el otro, porque ve que las cosas no se hacen a su gusto, porque no se utiliza el teclado en vez del ratón o porque se tiene que contener para apartar al inútil que está aporreando el ratón de un manotazo y tener el poder en sus manos. Aunque al final el resultado acabase siendo el esperado y percibes que sin la aportación del otro el resultado hubiese sido incompleto, el mal rato ya lo has pasado.


Pues algo así me ha ocurrido al ver «Dos buenos tipos»: un guion interesante, una ambientación perfecta, una música funky increíble (muy divertida la recreación de Earth, Wind and Fire) y dos actorazos dispuestos a reírse de sí mismos desde su profesionalidad, cosa que no es fácil en el cine de hoy. Con muchos mejores moldes y mucho más presupuesto, otros han intentado hacer lo mismo y les ha salido «¡Ave, César!», un auténtico bodrio infumable (por no decir una puta mierda).


Un Russell Crowe pasado de vueltas (y de peso, pero de esto no seré yo el que diga nada) es la mitad de un dislate de equipo, la fuerza bruta. La otra mitad, lo surrealista, es interpretado por un más que sorprendente Ryan Gosling que demuestra su versatilidad y su buen ojo para la comedia.


Lo que os decía antes, lo del trabajo en equipo, lo decía porque me pasé la primera media hora de peli desconcertado, pensando en cómo habría hecho yo la presentación de los personajes, sin terminar de entender el porqué de algunas escenas. Pero tengo que decir que es una peli que va de menos a más, y de repente todo cobra un sentido: lo que era una simple broma, algo que casi se carga la peli por rozar el filo de lo esperpéntico, se vuelve de repente muy entretenido y casi te deja con ganas de más.
En definitiva, para pasar un rato entretenido. Eso sí, si pecáis de impaciencia os perderéis lo mejor…



miércoles, 24 de agosto de 2016

Escuadrón suicida (Suicide Squad)


Imaginad que una agencia secreta del gobierno español, apurada por la escasa eficacia de los servicios investigadores ordinarios, decide recurrir a un grupo de convictos con poderes especiales para hacer el mal y crear un equipo de maleantes con la misión de pillar a aquellos que no hacen sino hundir un poco más en la miseria a esta España nuestra del pucherazo y la pandereta. Los poderes especiales de los secuaces son de lo más diverso: uno lanza dardos paralizantes a modo de pelo de bigote solo con el movimiento del labio superior; otro convierte objetos comunes en elementos decorativos de curioso gusto solo con mirarlos; otra hace desaparecer el embutido de una habitación al crear un remolino con el giro de la coleta…
Pues algo así, pero en aburrido, es «Escuadrón Suicida». Una mezcla de estrellas interpretando papeles de metahumanos, en una historia desdibujada y sin sentido alguno, en la que parece que lo único que ha funcionado bien ha sido la campaña de marketing: mucha imagen de rodaje, bocetos artísticos, teasers, trailers y demás. Pero cuando te sientas en la butaca estás viendo otra cosa. ¿Dónde está el Joker de Jared Leto, al que se comparaba con el de Heath Ledger e incluso se decía que le superaba en histrionismo? ¿Dónde están esas persecuciones con Batman de protagonista? Como se suele decir, mucho lirili y poco lerele.


Ni siquiera los personajes están definidos, ni se explica de dónde vienen sus poderes, ni destacan las interpretaciones, más bien hechas para cumplir el expediente y pasar sin pena ni gloria por el universo DC. Will Smith, Jared Leto, Jai Courtney, Joel Kinnaman, Viola Davis, Cara Delevingne, Adewale Akinnuoye-Agbaje, Jay Hernandez, Scott Eastwood… un reparto sideral para una peli que acaba mordiendo el polvo del ostiazo que le está dando la crítica, aunque en taquilla, inexplicablemente, está funcionando.


Pero no todo es malo, hay una luz al final del túnel que puede hacer que «Escuadrón Suicida» tenga su reconocimiento: el descubrimiento de un personaje sublime, que merece su propia peli, que aporta algo de cordura desde la locura. No sé si es el personaje de Harley Quinn o su alter ego, Margot Robbie, la que roba las escenas más interesantes de la cinta. Un papel que encaja como un guante a la actriz que ha enamorado (cinematográficamente hablando) a casi todo el mundo, desde su aparición en la estupendísima «El lobo de Wall Street». Queremos un spin off ya!!!


En definitiva, si os gustan las pelis de superhéroes «Escuadrón Suicida» os defraudará, y si no os hace mucho… pues imaginad.


domingo, 31 de julio de 2016

Money Monster


Puestos a pensar, poco o nada se ha hablado de incidentes con aquellos que han amargado la vida a algún españolito de a pie durante estos años de crisis. Me refiero a esa gente que trabaja (o trabajaba) para un banco y que para salvar su culo se vieron obligados (sic) a engañar a ancianos o a discapacitados; o a esos promotores y constructores que dejaron en la estacada a soñadores que se veían en las tórridas tardes de verano en la piscina de su chalet en la zona residencial de nueva creación y que de buenas a primeras desaparecieron, llevándose consigo los dineros de familias completas, dejando a la vista los esqueletos de cemento de lo que un día fue un sueño y que acabó por transformarse en pesadilla.


No sé si habrá sido por prudencia, y por no dar voz a incidentes para evitar el llamado «efecto llamada», o porque en realidad pocas cosas han pasado para las que tenían o podrían haber ocurrido. No es que defienda la violencia, pero a alguna de esas personas que hicieron añicos la existencia de otras que lo más que hicieron en toda su vida fue trabajar, no me extrañaría para nada que se hubiesen llevado una buena hostia bien dada. Una de esas hostias con la mano abierta, que vienen de improviso, de esas que acaban con la yema de los dedos rebotando en la oreja del agredido y con un zumbido en la cabeza que tarda unos minutos en diluirse.


Repito que no justifico el uso de la violencia. Sólo digo que lo comprendería, y también que el agredido debería responder en estos casos de su conducta. Porque todos hemos actuado alguna vez llevados por el impulso más que por la razón, y a los diez segundos ya nos estábamos arrepintiendo. La expresión «cuenta hasta diez» es de las cosas más sabías que se han dicho desde que existe el lenguaje sobre este planeta.
De algo parecido va «Money Monster». Aunque hay una pequeña diferencia: también se habla de esos otros casos en los que la confabulación era de doble sentido. Me explico: la entidad financiera ofrece un producto con una rentabilidad inusitada. Además de las sartenes te da un 8 % por tu dinero por considerarte un cliente “especial” (entiéndase “especial” por cliente de toda la vida que se deja asesorar, que cree que el banco siempre busca el beneficio del cliente en vez del suyo propio). Y el cliente, sintiéndose “especial” (creyéndose a pies juntillas lo que le dicen, y frotándose las manos por la tajada que va a sacar) firma todo lo que le ponen por delante sin leerlo y sale de la sucursal con el pecho henchido y pensando “aquí estoy yo”.


Y claro, luego pasa lo que pasa. Te quedas con las sartenes, pero a la hora de recobrar tu dinero y la rentabilidad prometida, “verdes las han segao” como se diría en ámbitos rurales. Lees la documentación y resulta que en caso de pérdidas, la entidad no está obligada a devolver la inversión. Vas a tu oficina de toda la vida y curiosamente la han cerrado, trasladando a todos los trabajadores y las gestiones a realizar a la otra punta del barrio. Y cuando llegas, el “fulanito” que te vendió el producto en cuestión ha pasado a mejor vida (laboral) y el director de la oficina, un tío de traje arrugado que ha llegado a la institución a implantar los nuevos procedimientos, con cara de haber desayunado un buen trago de vinagre, te dice que deberías leer antes de firmar, y que si quieres, reclames en los tribunales.


Pues eso, que «Money Monster» es un alegato denunciando la avaricia del hombre: la del tiburón de las finanzas (George Clooney) que se gana la vida aconsejando a la gente lo que hacer con su dinero mientras él hace exactamente lo contrario; y la avaricia del tipo corriente (Jack O'Connell), que cree que podrá dejar de trabajar en un breve periodo de tiempo si pilla un par de buenas inversiones. Completa el reparto Julia Roberts (siempre solvente), como productora del programa que presenta Clooney.
En definitiva, un reflejo de la sociedad en ocasiones tan excesivamente capitalista que nos ha llevado al abismo, aunque seguramente nunca aprenderemos, por eso que dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra… Una peli interesante



sábado, 30 de julio de 2016

Jason Bourne (Bourne 5)


Lo que más me gusta de las pelis de la saga Bourne es la determinación que tiene el personaje que interpreta Matt Damon. Bueno, y las hostias que reparte, como panes de pueblo. Por lo demás, no se aparta de la senda marcada por sus predecesoras. Pero si algo funciona, ¿por qué cambiarlo?


El caso es que en la quinta entrega de la saga (cuarta en la que aparece Matt Damon) advierte de los peligros de las nuevas tecnologías y el uso que hacen las empresas para controlar, de una manera u otra a la sociedad. Porque a quien vamos a engañar, con tanta red social, aplicaciones GPS y el móvil siempre encima hemos perdido una parte de nuestra privacidad, o lo que viene a ser lo mismo, nos estamos quitando a nosotros mismos una parte de nuestra libertad a cambio de poder fisgonear la vida de los demás. Sólo con el hecho de llevar smartphone, publicar una foto o compartir información estamos dejando la puerta abierta a que las empresas que manejan esas aplicaciones entren en nuestras mentes para condicionar nuestras compras, viajes, comidas y, en definitiva, nuestro modo de vida. Todo lo que hacemos tiene un reflejo en forma de datos, con los que las empresas que gestionan estas aplicaciones comercian a nuestras espaldas, realizan estudios de mercado e influyen en nuestra vida.


Afortunadamente, «Jason Bourne» no es tan intensa, sino que el tema es tratado de una manera tangencial, una mera excusa para el lucimiento del ya talludito Matt Damon, que continua con el trauma sobre su origen para la CIA y no hace más que descargar su ira por el mundo para encontrar una salida. Pero nada, que ni con esas.
Pero tenemos novedades: se incorporan al reparto Tommy Lee Jones, siempre solvente, y una de las actrices del momento, Alicia Vikander, que parece aprovechar cada oportunidad que le ofrecen en forma de papel para lucirse. Tiene pinta de que esta chica ha venido para quedarse, y a mí me parece requetebién.


En definitiva, el dúo formado por Paul Greengrass y Matt Damon saben bien de qué va la cosa, y ofrecen al espectador exactamente lo que espera: suspense, acción, movimientos de cámara casi mareantes, persecuciones y hostias como panes de pueblo.




domingo, 17 de julio de 2016

La invitación (The Invitation)


¿Y si os invitaran a una cena de antiguos amigos/compañeros a los que hace años que no ves? Seguro que algo extraños os encontráis, con gente con la que en su momento tuvisteis algo más que confianza. Complicidad sería más adecuado llamarlo. Pero de ese vínculo sólo quedan unos endebles hilos que se encargan de recordarte que una vez hubo algo más. Pero el tiempo todo lo puede, y las circunstancias de cada uno ayudan a deshilachar lo que una vez la vida consiguió unir.
Si a todo esto le añades que en la citada reunión hay gente a la que no conoces de nada, ya es el acabose: los gestos de alguien nuevo para ti, las confianzas que se toman algunas personas a las que no hace ni quince minutos que conoces, todo aquello que ha cambiado en los demás que te dificulte reconocerlos… Más que una cena, una emboscada.


Pero algo más ha cambiado. Quizás, lo más importante de todo: tú. Ya no eres el mismo, al igual que los demás. Me rio de todos aquellos que, como paradigmas de la evolución, mantienen que siguen siendo los mismos que hace años. Pueden seguir gustándote las mismas cosas, los mismos sabores, las mismas rutinas. Pero hay aspectos que poco a poco se van colando en tu vida y van creando cambios tan insignificantes que no los aprecias. Pero ya te han cambiado. Un libro, una peli, una conversación, alguien nuevo en el trabajo, un adiós, un whatsapp y tu mente se encarga de adaptarlo todo a tu mundo para que no percibas que aquel que fuiste, no volverá. Llámalo evolución, involución o progreso. Llámalo ir hacia delante, pero aquel que fuiste ayer no volverá más.
Sí, os estoy contando un rollo que pá qué. Pero lo que os he contado hasta ahora no es lo peor. Si recordáis, os hablaba de una invitación a una cena con gente que hace tiempo que no ves, y gente a la que no conoces. Hasta ahí, pasable. Lo peor es cuando llega el momento en el que (suele ser siempre una de esas personas a las que no conoces) habla el list@ intentando sentar cátedra, intentando imponer su criterio e ideas sobre todos los demás.


Algo así es «La invitación»: una peli a veces (la mayoría del tiempo) lenta, a veces claustrofóbica, pero en todo caso inquietante tanto en su aspecto visual como en su moraleja final: tened cuidado con dónde os metéis… Una de esas pelis a las que les basta una habitación y un puñado de actores para crear una trama sin necesidad de artificios, en la que lo realmente impactante son los diálogos. Por algo ganó el premio a la mejor película en el Festival de Sitges 2015.


En definitiva, una peli sorprendente. Avisados quedáis.

domingo, 5 de junio de 2016

El libro de la selva (The Jungle Book)


Reconozcámoslo, es ver una de esas pelis ochenteras con las que creciste, y casualmente el saco de años que tienes a tus espaldas desde entonces como que se hace más ligero. Y la mirada más limpia, recobrando la inocencia que la vida te ha ido quitando con cada madrugón, con cada obstáculo, con cada gilipollas que se te ha ido cruzando por el camino.


Pero ha sido ver El libro de la selva y recobrar un ligero brillo en los ojos en la oscuridad de la sala, una ligera vibración en el recóndito lugar que la inocencia tiene en el cerebro, una tenue y cálida luz en una zona de la que las tinieblas se han apoderado.
El caso es que últimamente pocas películas logran encontrar los rescoldos de la niñez o, al menos, hacerte volver a ser un niño por un rato. Hace algunos años me pasó con La vida de Pi, y ahora con El libro de la selva. Me pasé toda la peli con la sonrisa boba, que llena de placer al que la practica y de ganas de reír al que la ve. Pero a mí me daba igual. Yo estaba disfrutando de las aventuras de Mowgli tal y como las recordaba en el clásico de Disney, pero en una selva real, con animales de verdad, y con un color que ni siquiera el mismísimo Walt Disney podría imaginar en el frío sueño en el que se encuentra desde hace años. Va a flipar lo que han hecho con sus historias y su compañía cuando despierte. Y cuando vea que hay un EuroDisney en París. “Hay que ser muy bruto para ir a París a ver a Pluto”, como diría mi admirado José Antonio Abellán. Pero en fin, eso es otro jardín, que me salgo del tiesto.


No recuerdo la última vez que vi la versión animada de El libro de la selva, pero han pasado fácilmente más de veinte años, y recordaba la historia a la perfección, e incluso estaban en mi mente escenas que sabía que iban a ocurrir y las esperaba. Y aún así, consiguieron sorprenderme, porque lo que ha hecho Jon Favreau es dar un empaque visual que sirve de apoyo sin quitarle ni un ápice de protagonismo a la historia, potenciando su riqueza y rematando una obra perfecta para que, cuando la vea un niño, tenga la referencia de aquella vez que fue al cine a ver una peli en la que los animales hablaban…


En definitiva, El libro de la selva es una peli dirigida al público infantil, que hay que ver con ojos del niño que todos llevamos dentro. Totalmente recomendable.


domingo, 22 de mayo de 2016

Kiki, el amor se hace


Ver Kiki, el amor se hace es como sacar una pierna del edredón en una de esas noches de invierno en las que te achicharras debajo del sucedáneo del plumón de oca; o sentir el frío del aire golpeándote en la cara tras una jornada de trabajo encerrado frente a la pantalla del ordenador. Y es que lo que consigue Paco León con su tercera película es refrescar el ambiente del cine español con una peli erótico-festiva, como proclama su propio cartel.


Kiki, el amor se hace huele al verano madrileño, al calor seco que esconde a la gente en sus casas hasta las ocho de la tarde, a las callejuelas sombreadas de Lavapiés que deslumbran los ojos del viandante cuando pasan por un cruce, y al chorizo frito, a la morcilla y a la panceta de las fiestas de la Paloma. Es el verano el que desata las pasiones de los protagonistas, como un elemento que sirve de hilo conductor de la urdimbre que forman las distintas historias que componen la película.


Pero además, Paco León consigue atraer rápidamente la atención del espectador, además de con las imágenes, utilizando una música totalmente novedosa para nuestra filmografía (no os perdáis la banda sonora, porque es un escándalo –y no en el sentido literal de la palabra-) y conectando con él. Porque seamos claros: como en todos los ámbitos de esta vida, todos tenemos nuestras rarezas, y ¿por qué van a ser menos nuestros gustos sexuales? Si hay gente a la que le gustan los sándwich mixtos sin queso, ¿por qué no puede haber alguien al que le ponga rascar a la pareja durante el acto sexual? Pues sí existe esta conducta, y tiene nombre: amiquesis se llama. ¿Y sabéis cómo se llama la atracción hacia los payasos, saltimbanquis o bufones? Coulrofilia. Y si os ponéis a buscar un poquito, vais a encontrar un mogollón filias distintas, de las que no sé si es peor que existan o que alguien les haya puesto nombre.


Lo que quiero decir es que Paco León no hace sino servir de altavoz para aquellas conductas que se salen de lo habitual, pero que existen en todos los ámbitos de nuestra vida. Pensad que todos somos seres sexuales, y al igual que los colores, a cada uno nos gusta algo. Sí si, incluso a la panadera de vuestro barrio, esa a la que no habéis visto sonreír en los últimos diez años lo mismo le mola el latronudismo; o el conductor de la línea que cogéis cada mañana sufre knissofilia, o vuestro actor favorito padece gomfipotismo.


En definitiva, que no dejéis de ir al cine a ver Kiki, el amor se hace, porque pasaréis un rato estupendo, con carcajadas incluidas en el precio de la entrada.



domingo, 10 de abril de 2016

Los odiosos ocho (The Hateful Eight)


Ver una peli de Tarantino es como comerte un chupachups Kojak: está muy rico lo de alrededor, pero al final lo que quieres es llegar al meollo, a la chicha que acaba por juntarse con los sabores del caramelo y regalarte esa explosión de azúcar rojo para tu deleite.
Lo que le pasa a Los odiosos ocho es algo así, con la única diferencia que el caramelo de alrededor es del tamaño de uno de esos bolondrios de chicle que costaban cinco duros y que casi no podías meterte en la boca sin que la mandíbula se resintiese. ¿Pues no va el tío y te mete una introducción de una hora para situar a los personajes? Y claro, hay un momento en el que el tedio comienza a aparecer entre el traqueteo de la diligencia, que hace que busques la situación más cómodas para tus nalgas en la butaca y no se te quede el típico culocarpeta.


Pero hay un momento, un clic, en el que se desata todo con una mirada de Samuel L. Jackson y entonces sí, empieza el Tarantino más brutal, pero a la vez, el más comedido. Porque en Los odiosos ocho está el mejor Tarantino, ese en el que la sangre es protagonista de sus pelis, pero no es como en otras: es como si se estuviese haciendo mayor, o quizás ha llegado el momento de hastío de hacer lo mismo y buscase algo más allá. Da la sensación de que se queda corto, o mejor dicho, que pretende ir a algo a lo que no está ni mucho menos acostumbrado y acaba quedándose a medias en lo que pretende ser un final de esos antológicos a lo Casablanca o Con faldas y a lo loco y se queda en el descorche de una botella de cava sin gas.


En definitiva, una peli de Tarantino siempre será una peli de Tarantino, pero Los odiosos ocho no es una de sus mejores películas. Quizás por la esencia de la peli, que bien podría ser una obra de teatro, ya que se desarrolla en el mismo escenario. Si os decidís a verla, tenéis que aguantar la primera hora de viaje.


Ahhhh, se me olvidaba: la banda sonora es de Enio Morricone. En este sentido no hay nada más que decir.

lunes, 4 de abril de 2016

Spectre


Una especie de déjà vu. Ese es el sentimiento que me ha transmitido Spectre, principalmente provocado por alguno de los gestos del bueno de Daniel Craig, poniéndose en la piel (o mejor dicho, en la mirada) de alguno de sus antecesores en el papel. Al fin y al cabo, el título de la última película de James Bond ya es algo así como una vuelta a los orígenes, porque ¿quién no se acuerda de aquellas escenas con salones inmensos, con mesas desproporcionadas en las que se reunía lo mejor de la organización Spectra?¿Quién no recuerda la mano de Ernst Stavro Blofeld, el malo por excelencia de las primeras pelis de la franquicia, acariciando a su gato blanco con una mano, mientras con la otra pulsa el botón que lleva a la muerte más desagradable que se pueda imaginar a uno de sus esbirros por haberla cagado?


Pues en Spectre están todos (menos el esbirro): James Bond, el gato y el malo, en lo que parece ser un final (el de Daniel Craig) que nos lleva al principio. Tan solo espero que no les dé por la puñetera manía de hacer remakes de las películas clásicas.
Ya desde el despacho de M tenemos la sensación de haber estado allí, con la única diferencia que donde antes había un florero llamado Moneypenny (Lois Maxwell) que prácticamente se limitaba a flirtear con Bond cada vez que pasaba por allí, ahora hay una secretaria de armas tomar, que cual iceberg, esconde mucho más de lo que parece: una estupenda Naomie Harris que tan pronto te redacta un memorando como se pone a hacer cabriolas a bordo de un todo terreno. Pero la sensación de olor a rancio en el despacho, con esa puerta doble (la segunda de ellas acolchada por dentro) sigue allí. Cuántos secretos habrán escuchado esas cuatro paredes.


La segunda vez que percibí el déjà vu en los ojos de Bond fue al llegar a la clínica en los Alpes, donde le espera Madeleine Swann (Léa Seydoux, la hija del enigmático Sr. White). Me recordó demasiado a la imagen y a la trama de 007: Al Servicio Secreto de Su Majestad, donde el “ínclito” George Lazenby interpreta a Bond, y se ve de buenas a primeras en una clínica de los Alpes en su búsqueda de Blofeld.


Pero no quedó ahí la cosa: cuando Bond y la chica entran en L'American, él se queda un segundo atrás, como si entrase en un lugar familiar, que no sé porqué me recuerda a la misma escena de Desde Rusia con amor: una estancia alicatada, con una fuente en medio, en la que sólo falta la bailarina haciendo la danza de los siete velos.
Joder, me estoy dando cuenta que nos han “colao” un remake de algunas de las pelis de Bond, así, sin avisar. Les sirve como bucle para seguir haciéndonos creer que son nuevas ideas, pero en realidad son las mismas de siempre pasadas por el taller de chapa y pintura. Que sí, que nuevos gadgets tecnológicos de última generación, pero ya no sabes si las pelis son del mismo personaje o con cada actor que interpreta a James Bond la saga comienza de nuevo…


En fin, que entretenida es, pero no supera para nada a la mejor que ha hecho y hará Daniel Craig, Skyfall… aunque esta también se llevó el Oscar a la mejor canción original por Writing's On The Wall, interpretada por el cantante de falsete Sam Smith.



domingo, 27 de marzo de 2016

Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia (Batman v. Superman: Dawn of Justice)


¿Sabéis esa sensación, sobre todo cuando éramos pequeños, que veías como alguien ponía un petardo y tú te alejabas esperando el estallido mientras te tapabas los oídos y abrías la boca para que no te reventasen los tímpanos, y finalmente cuando la mecha alcanzaba la pólvora resultaba ser un pluf? Pues no es lo que me ha pasado viendo Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia. Tanta crítica destructiva que ha hecho incluso ponerse triste al bueno de Ben Affleck no hace sino dejar como más que aceptable un resultado final que consigue lo que pretende: ser entretenido.
Sí, puedo estar de acuerdo en que el guión es el pespunte de una historia que podría estar mejor elaborada, y que en algunos momentos la única coherencia la tiene que aportar la mente del espectador, pero hay que tener en cuenta que en ningún momento, Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia pretende ser El caballero oscuro.


El problema, como en casi todo, viene de los prejuicios; ya nadie, salvo los niños y los perros, como diría mi admirado Arturo Pérez Reverte, tiene la mirada limpia a la hora de ver según qué película, qué director o qué actores. Y como se junten en la misma peli más de uno de esos que ya están marcados, apaga y vámonos. Es lo que ha ocurrido con Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia, en la que se han juntado dos de los personajes que más polvareda mediática suscitan: de una parte Zack Snyder, al que parece que nadie le perdona que una vez rodase 300 (a la que nunca le vi la gracia, pero a la que reconozco un éxito mundial de crítica y público, y que visualmente supuso una nueva manera de hacer cine) y la espectacular Watchmen, para rodar años más tarde una peli como Sucker Punch (que tanto crítica como público masacraron, pero que a mí me gustó -placeres culpables o guilty pleasures los llamo-). De otra parte, el actor/director que más críticas despierta pero que curiosamente todo proyecto en que participa acaba saliendo bien... Ironías del mundo envidioso y truculento en el que se ha convertido el cine.


Respecto al reparto y personajes, muy destacable el Bruce Wayne/Batman de Affleck, dándole un tono más oscuro que el de Christian Bale. Ojo, no digo que mejor, digo que distinto y seguro que bastante mejor de lo que pensó la gente cuando se enteró que Affleck sería el próximo Batman. Por lo que se refiere al Superman de Henry Cavill, pues bastante planito y sosainas: le invade el espíritu de Clark Kent.


Lo más destacable es la aparición de Wonder Woman, mujer enigmática donde las haya, interpretada por la israelí Gal Gadot (desconocida para los que no somos seguidores de la saga The Fast and the Furious), que dará que hablar en su próxima peli en solitario en el personaje de la mujer maravilla.

No me ha convencido el Lex Luthor de Jesse Eisenberg, principalmente porque le ha dado un punto de locura excesivo al personaje que le ha quitado el deje de maldad que requiere todo Luthor, convirtiéndole en una caricatura más cercana a un niño caprichoso que ha un ser que encarna la maldad en sí mismo. De todas formas, a mí este Eisenberg me tiene muy despistado. Habrá que seguirle de cerca, porque talento tiene (véanse Zombieland y La red social).
Un toque especial es el que aporta Jeremy Irons como Alfred, el mayordomo de Bruce Wayne. Nunca diría que le pega el personaje, pero este es otro Alfred muy distinto al que estamos acostumbrados, y mola: se quita el corsé de los tradicionalismos para pasar a mancharse las manos.
En definitiva, como digo de manera habitual, no le busquéis los tres pies al gato, y no intentéis ver una continuidad a las pelis de Batman de Nolan, porque no la hay. Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia es una peli hecha por y para el entretenimiento, y que a pesar de ligeras pinceladas, no pretende tener una especial trascendencia: es lo que es y sanseacabó.