sábado, 23 de febrero de 2013

El concierto (Le concert)

   No sé si todos recordaréis esos caramelos con forma de cápsula, que por fuera eran de caramelo duro, de distintos colores, y que por dentro tenían el corazón de regaliz (grageas de regaliz se llaman). Pues "El concierto" es como uno de esos caramelos: tan dulces por fuera que consiguen arrancarte la sonrisa desde el primer minuto, mientras disfrutas del dulzor inicial y el caramelo va recorriendo de un lado a otro el interior de la boca. Pero al cabo de los minutos el caramelo va desapareciendo y te encuentras poco a poco el amargor del regaliz, un sabor tan profundo que hasta te tiñe la lengua. Pero una vez acabas de comértelo ese amargor desaparece, dando paso a una sensación de frescor que te hace desear llevarte a la boca otro caramelo y comenzar de nuevo el proceso.
   En "El concierto" el caramelo dulce lo encontramos en los primeros minutos, en la presentación de los personajes, un grupo de personas que una vez tuvieron la música como forma de vida, pero que por un sólo motivo tuvieron que abandonar su pasión y dedicarse a otras tareas mucho menos melodiosas. Pero el caramelo dura poco, apareciendo rápido el amargor: el recuerdo de una vida pasada en la que amaban su forma de vida, la nostalgia de aquello que se vieron obligados a dejar de hacer treinta años antes, pero que sigue estando presente (y mucho) en su memoria. Hasta que se presenta la oportunidad de rememorar aquello que nunca dejaron de ser: músicos, aunque sea por unos minutos.
   En realidad, la trama de "El concierto" no deja de pertenecer al humor absurdo. Pero no hay que apartar la mirada de aquello que en el fondo denuncia: la ausencia de cordura en determinados regímenes políticos (por llamarlos de alguna manera), que todo lo que consiguen en la búsqueda de una sociedad igualitaria es  igualar a todo el mundo mediante la fractura de sus ideas y aspiraciones para que al final sólo resulten beneficiados unos pocos.
   No dejéis de verla.

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