jueves, 18 de diciembre de 2014

Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight)


Lo de Woody Allen con la magia ya no es algo casual. Llámalo magia, espiritismo, hipnotismo o futurología, el caso es que ya son varias las películas en las que el punto de origen de la trama está relacionado con las artes prestidigitadoras.


En “La maldición del escorpión de Jade” la ilusión parte de hipnotismo, haciendo de Constantinopla una de las palabras con más encanto de la filmografía de Allen. En “Scoop” el encanto lo pone Scarlett Johansson, e Ian McShane es el contacto con el mundo de los espíritus. En “Midnight in París” la magia aparece en una oscura calle adoquinada bajo las lúgubres farolas…
En “Magia a la luz de la luna” el secreto está en los poderes de una supuesta médium (Emma Stone), a la que un afamado mago de la época (Colin Firth) pretende desenmascarar. Allen elabora alguno de sus chispeantes diálogos, como casi en todas sus películas, poniendo en boca de sus personajes palabras que bien podrían describirle, y en general describir a la raza humana, que quiere creer aquello que ve, y en caso de no verlo, lo da por supuesto o lo inventa.
Pero lo más impactante de la peli es el personaje de Colin Firth, uno de esos personajes que pueden existir en cualquier época, el típico sabelotodo desagradable al que al final acabas cogiendo cariño, porque en el fondo su antipatía es, única y exclusivamente, producto de su falta de sentido en eso de “quedar bien”. Allen se vuelve a sacar de la manga un personaje encantadoramente desagradable, y Firth (que no es santo de mi devoción, incluso no me gustó “El discurso del Rey”, hala, ya lo he dicho) clava su interpretación. En cuanto a Emma Stone, pues interpretativamente esperaba más, pero es Emma Stone, con su melena pelirroja, así que no voy a decir nada más. Es Emma Stone y punto.


Allen saca partido a la luz, mostrándonos en todo su esplendor la Costa Azul, con una fotografía viva y luminosa que se integra como elemento característico de la época en la que se desarrolla la trama (los animados años 20). Visualmente hay momentos en los que la luz hace que puedas estar sentado junto a las flores de un jardín de un verde césped tan refrescante como si le diese el sol en el momento en el que las primeras gotas del rocío matutino comienzan a retirarse.
En definitiva, no es una de las obras maestras de Woody Allen, y la crítica la considera ya como una obra menor. Pero el caso es que es una de esas pelis que al final acaban siendo agradables de ver, y que te recuerdan que la música de un señor llamado Beethoven puede encajar tan perfectamente como cualquier otra en una película actual.



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