domingo, 5 de junio de 2016

El libro de la selva (The Jungle Book)


Reconozcámoslo, es ver una de esas pelis ochenteras con las que creciste, y casualmente el saco de años que tienes a tus espaldas desde entonces como que se hace más ligero. Y la mirada más limpia, recobrando la inocencia que la vida te ha ido quitando con cada madrugón, con cada obstáculo, con cada gilipollas que se te ha ido cruzando por el camino.


Pero ha sido ver El libro de la selva y recobrar un ligero brillo en los ojos en la oscuridad de la sala, una ligera vibración en el recóndito lugar que la inocencia tiene en el cerebro, una tenue y cálida luz en una zona de la que las tinieblas se han apoderado.
El caso es que últimamente pocas películas logran encontrar los rescoldos de la niñez o, al menos, hacerte volver a ser un niño por un rato. Hace algunos años me pasó con La vida de Pi, y ahora con El libro de la selva. Me pasé toda la peli con la sonrisa boba, que llena de placer al que la practica y de ganas de reír al que la ve. Pero a mí me daba igual. Yo estaba disfrutando de las aventuras de Mowgli tal y como las recordaba en el clásico de Disney, pero en una selva real, con animales de verdad, y con un color que ni siquiera el mismísimo Walt Disney podría imaginar en el frío sueño en el que se encuentra desde hace años. Va a flipar lo que han hecho con sus historias y su compañía cuando despierte. Y cuando vea que hay un EuroDisney en París. “Hay que ser muy bruto para ir a París a ver a Pluto”, como diría mi admirado José Antonio Abellán. Pero en fin, eso es otro jardín, que me salgo del tiesto.


No recuerdo la última vez que vi la versión animada de El libro de la selva, pero han pasado fácilmente más de veinte años, y recordaba la historia a la perfección, e incluso estaban en mi mente escenas que sabía que iban a ocurrir y las esperaba. Y aún así, consiguieron sorprenderme, porque lo que ha hecho Jon Favreau es dar un empaque visual que sirve de apoyo sin quitarle ni un ápice de protagonismo a la historia, potenciando su riqueza y rematando una obra perfecta para que, cuando la vea un niño, tenga la referencia de aquella vez que fue al cine a ver una peli en la que los animales hablaban…


En definitiva, El libro de la selva es una peli dirigida al público infantil, que hay que ver con ojos del niño que todos llevamos dentro. Totalmente recomendable.


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