sábado, 1 de julio de 2017

Baby Driver



A veces las películas entran en el espectador. Una mano invisible sale de la pantalla y se acerca a ti sin que percibas lo que está a punto de pasarte. Esa mano entra en tu cuerpo y en tu mente y pellizca tu alma haciendo vibrar todo tu ser en la misma frecuencia y modulación que hay en pantalla. Es entonces cuando no te queda otra que rendirte y disfrutar.


Hay gente que siente esa armonía con las películas de sobremesa, armonía que llega a ser tan intensa que acaba convocando a los efluvios de Morfeo hasta conseguir la transcendencia en el ser que se hace física en unas gotas de saliva en la comisura de los labios. Otros encuentran esa fibra en las películas de terror, que muchas veces solo nos recuerdan que la realidad da mucho más miedo que la ficción. Algunos intentan encontrar el ritmo vital en historias de amor que saben que jamás podrán verse cumplidas en ellos, principalmente porque son incapaces de amar a alguien que no sean ellos mismos.


Yo en Baby Driver he encontrado mi pizzicato en un personaje con el que me siento plenamente identificado, excepto en las habilidades automovilísticas que no he podido/querido adquirir. Pero en el resto de aspectos, Baby y yo somos similares: callados, observadores y siempre con los auriculares encima, con la música como un elemento vital más con el que aislarnos del mundo para sentirnos en él, para activarnos o relajarnos según las necesidades, y siempre buscando la canción que acompañe nuestro momento. Me pasé la peli moviendo los pies al ritmo de la música, en la que seguro es la mejor banda sonora de la década.


Pero es que además, la música que escucha Baby es MI MÚSICA. La música que llevo escuchando más de veinticinco años, que viene conmigo, que está guardada en cintas de cromo que conservo como oro en paño y que ahora me acompaña en formato inmaterial. La música que aprecié gracias a un señor que hace radio sin necesidad de ajustarse a los convencionalismos comerciales del momento. Que tan pronto pone a los Commodores como a Radio Futura o a Christopher Cross. Como dice mi admirado José Antonio Abellán (al que podéis escuchar en Radio 4G) “para la música hay que tener la cabeza gorda”.


Edgar Wright hace pelis que molan. Desde Zombies party, con la que empezó su trilogía del Cornetto (junto a Arma Fatal –que no Letal– y su peli más floja hasta el momento, Bienvenidos al fin del mundo) pasando por la fabulosa ida de olla que es Scott Pilgrim contra el mundo. Con Baby Driver han conseguido su película más ambiciosa hasta el momento, que te deja con ganas de mucho más. No os la podéis perder.


PD: TODO en la peli es música, todos los sonidos encajan a la perfección con la canción que suena en cada momento. Hasta los diálogos parecen parte de la canción. Más que verla, tenéis que sentir Baby Driver.

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